El holograma tomó el lugar del capitán de la nave después de haberlo matado; no engañaba a nadie, sin embargo lo hicimos creer que sí; al menos “eso” era mejor líder que el anterior.

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Ya en el bosque, el niño perdido devoró todas las frutillas sin siquiera masticarlas. Murió al poco tiempo, víctima de un terrible dolor de barriga. ¿Las frutillas? Eran de esas que se comen a la gente por dentro, cualquiera que vive en ése bosque sabe cómo evitarlas.

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– ¡Hola! gracias por aceptar mi solicitud de amistad.
– De nada, ¿Te conozco de algún lado?
– De siempre, bueno no…
– ????? 🙁
– Sí, siempre he “vivido” en esta habitación, donde estas tú ahora mismo, sin embargo nunca encontré la forma de comunicarme con alguien. No, no voltees atrás, no estoy ahí. 😉

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Hice todo lo que decía el viejo libro: el círculo hecho con tierra de panteón, dentro, el pentagrama de sangre de cabra recién sacrificada; las velas negras fueron encendidas. Y donde se supone que vería al señor de infinita maldad, el destructor de mundos, a través del espejo: solo vi mi reflejo.

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Andrea sabía como superarse a sí misma. Su exhibicionismo no tuvo límites cuando decidió abrirse el abdomen y mostrar sus tripas en redes sociales. Nadie le borró la sonrisa. Sus fotos sí fueron borradas de la red.

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La viscosa criatura, a través de sus ventosas le inoculaba neurotoxinas y endorfinas a Elisa, mientras licuaba su sangre para alimentarse. Ella sólo veía en alucinación un pequeño gatito de tiernos ojos al cual acariciaría toda la semana que solicitó de permiso en su trabajo. Nadie la separaría de tan adorable ejemplar.

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Él, le dijo que moriría por ella, ella lo mató con gusto, odiaba su patetismo.

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No supo en qué preciso momento, pero aquel payaso desarrolló una terrible coulrofobia; murió presa del pánico mientras se dirigía a una fiesta. Quedó atascado dos horas en un elevador, de esos que son solo espejos.

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Y el hombre murió, castigado por el capricho del dios que él mismo había inventado.

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De niño tuve mala suerte: no solo había un monstruo debajo de mi cama, sino que también yo era alérgico a él.

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-Siempre quise ser como tú.
Le dije a mi mejor amigo mientras me ponía su piel ensangrentada encima.

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El fantasma y el gato conspiraban para asustarme a muerte. El primero, invisible para mi, flotaba por toda la habitación, mientras el segundo lo seguía con la mirada y le maullaba.

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Don Antonio se prometió a sí mismo jamas volver a visitar su altar de muerto. Era el tercer año consecutivo que cambiaban su tequila favorito por uno mucho más corriente.

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La luna llena en nada influye en la transformación de los hombres lobo, se convertían en la antigüedad en las noches más iluminadas porque los licántropos tienen mala visión nocturna. Ahora solo lo hacen así por tradición.

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Solía coleccionar los ojos de mis enemigos, pero es algo que me comenzó a parecer macabro: no dejaban de observarme.

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Dicen que me atropelló un “auto fantasma”, después de eso, el único fantasma de la zona soy yo.

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Pahko

Microrrelatos de Pahko Moreno

 

 

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